domingo, 10 de febrero de 2013

El animal que sabe hacer fuego y no sabe aprender del pasado


(El fuego que ayuda a conservar nuestros bosques II)

En mi última entrada ya anticipé que os iba a dar la paliza con un poco de Historia. Aunque las quemas prescritas hoy día se ejecutan en todo el mundo no siempre estuvo tan claro que era la solución para la gestión de muchos de nuestros ecosistemas. Os presento aquí un resumen de la visión de Harold Biswell sobre el proceso de encuentros y desencuentros que existió en EEUU durante todo el siglo XX hasta que finalmente hubo un consenso general sobre el uso de las quemas prescritas. Durante la lectura adelanto que muchos tendréis cierta sensación de déjà vu.

Pueblo arrasado por el gran incendio de Idaho (1910)

Quemas prescritas en los "Piney woods"


En el SE de los Estados Unidos las quemas prescritas bajo cubierta de Pinus palustris (Piney Woods) se han recuperado tras 200 años de exclusión. Las comunidades indias de esta zona usaban el fuego como método selvícola para mantener limpio el sotobosque y crear pasto para el ganado, favoreciendo a su vez las condiciones para la caza. Numerosos ecólogos de mitad del siglo pasado creían que el dominio de Pinus palustris en el SE de los EEUU se debía en gran parte por su adaptación a fuegos de baja intensidad. También se advertía que la eliminación de estas quemas podría suponer la aniquilación de estos bosques de coníferas. En 1907 el forestal T.T. Manger dio la voz de alarma ante la extinción de esta especie y a partir de esta fecha comenzó un amplio debate sobre la reintroducción de las quemas bajo dosel. Todo ello llevó a una discusión entre científicos, que abogaban por los efectos beneficiosos de las quemas, y el Servicio Forestal (Forest Service), que se mantenía en la política de exclusión. H.H. Chapman (1907), profesor de forestales de Yale, apuntó que la supervivencia de las especies debía suponer una modificación de las costumbres locales pero nunca una erradicación. Así, se debía promover el uso del fuego por sus efectos beneficiosos de manera controlada y planificada e integrarlo como costumbre en las zonas donde el uso del fuego es tradicional. Entre 1911-1914, Ronald Harper, un botánico del Instituto Politécnico de Alabama, escribió una serie de artículos sobre "Una defensa de las quemas forestales". No siendo forestal, abrió una ventana botánica a la controversia, aunque paradójicamente por esta razón, sus opiniones fueron consideradas de pequeño valor. En esta misma época dos forestales, James W. Toumey (Yale) y Austin Cary (Harvard), criticaban las quemas anuales indiscriminadas. Sin embargo defendían la quema prescrita como elemento de regulación (no exclusión) del fuego, que sería la herramienta selvícola del futuro. El Forest Service, ansioso de probar científicamente que las quemas eran perjudiciales para la regeneración de P. palustris hizo un experimento en 1913 conocido como Roberts Plots. Consistió en dividir un acre en 4 secciones: una se quemaba anualmente y pastoreaba, otra sin pastorear, otra sólo se pastoreaba y otra sin intervención. Durante algunos años las quemas disminuyeron el crecimiento del regenerado, sin embargo pasado un tiempo, cuando los supervivientes a las quemas se recuperaron, éstos tenían mejores crecimientos que los de la zona protegida. Interesadamente se enmascararon los resultados refiriéndolos a los primeros años del experimento. El Gobierno usaba  panfletos con titulares como "Woods Fires- Everyone´s enemy" o "Growing children need growing trees", incluyendo en todas sus publicaciones los nulos efectos beneficiosos del uso del fuego. El fuego (que no sólo el incendio) era atacado como enemigo social (¿a alguien le suena esto?). Tras el gran incendio de Idaho de 1910 los gestores de estas zonas forestales de alto riesgo de incendios ya apuntaban los problemas que existían por la gran acumulación de combustibles y la necesidad de las quemas para disminuirlos. Ellos fueron quizás los que empezaron a advertir que cuando se discutía sobre el uso del fuego se estaba hablando de dos cosas muy diferentes: los fuegos descontrolados llamados incendios forestales y otra cosa muy distinta, las quemas prescritas y controladas que tenían un propósito y objetivos muy concretos.
Distribución de Pinus palustris

En el estado de Mississippi se realizó un estudio de pastoreo en 1923 dirigido por R.D. Forbes, director de la Estación Experimental Forestal del Sur, que era fuerte opositor de las quemas prescritas. Quería probar que iban en detrimento tanto de la cantidad como de la calidad del pasto y también de la regeneración de P. palustris. El experimento fue similar al Robert Plots pero en parcelas de 150 acres (unas 60 hectáreas o los famosos 60 campos de fútbol). Después de 6 años se vio que los animales que pastoreaban en las zonas quemadas pesaban de 32 a 62 libras (de 16 a 31 Kg aproximadamente) más por animal. Además vio que el fuego podría ser beneficioso para la regeneración de las coníferas. Estos resultados se intentaron publicar en la revista de la AFA (American Forestry Association) pero fueron rechazados por ésta. Cuando los investigadores consiguieron publicar en una revista divulgativa, inmediatamente AFA les pidió el artículo para publicarlo. Su conclusión fue que estos bosques eran el resultado de largos años de quema de pastizales y ello conduce a que el fuego sea esencial para la perpetuación de las especies existentes. Los resultados fueron publicados en el boletín de USDA en 1939 y fue el primer reconocimiento oficial del Forest Service de los beneficios de la quema prescrita en la gestión forestal de los bosques de Pinus palustris.


En los años 1930s existía una incidencia tremenda de grandes incendios que hizo al Forest Service replantearse la política de exclusión. Frustrados por no poder controlar los grandes incendios empezaron a tomar en consideración los resultados de las experiencias sobre quemas prescritas efectuadas hasta ese momento. Este punto de vista se reforzó tras el gran holocausto de 1941 en el Osceola National Forest de Florida que devastó 25.000 acres (unas 10.000 hectáreas). Harold H.Biswell empezó a estudiar en 1941 los efectos y beneficios de las quemas prescritas en bosques productores y para ganadería. Estos estudios mostraron que el tiempo y frecuencia de las quemas podrían concordar con los requerimientos ecológicos de los árboles y el aumento del riesgo de incendios, dependiendo de cada especie estudiada. Así, llegó a la conclusión de que debían elaborarse planes de quema en función de la ecología del fuego de cada especie y cómo ésta acumula combustibles finos y muertos (acículas, ramillas, hojarasca, etc.). Igualmente debía estudiarse su relación con el crecimiento del pasto bajo copas. Por tanto el estudio exhaustivo de estos combustibles vivos y muertos  es indispensable para prescribir la quema ya que constituyen el combustible de la misma. Los propietarios particulares ya venían ejecutando quemas controladas desde 1934. Ante el poder de estas grandes compañías madereras y la evidencia de sus actividades, la política del gobierno tuvo que cambiar. Con este cometido el Forest Service en 1943 aprobó el programa de quemas prescritas para los bosques nacionales en el dominio del P. palustris con los objetivos de: protección, preparación del regenerado, supresión de la vegetación bajo copas, pastoreo y mejora del hábitat de la vida salvaje. Este programa se dio a conocer también a los propietarios de plantaciones convirtiendo por tanto en legales, las quemas realizadas desde hacía 8 años por las compañías madereras. Después de esto, el incremento en extensión y frecuencia de las quemas ha sido grandísimo. En Abril de 1946 se quemaron 58.000 acres (23.000 hectáras) y en 1982  ya se quemaban 2.800.000 acres (1.120.000 hectáreas) entre bosques públicos y privados. Algunos autores proponen elevar esta cifra a 3 millones de hectáreas lo que supondría un 10% de la superficie forestal del SE de EEUU.



Quemas prescritas en California



Un proceso paralelo en el tiempo y prácticamente idéntico tuvo lugar en el estado de California (SO de EEUU). En este caso los resultados tienen especial relevancia internacional porque se pretendía gestionar ecosistemas Mediterráneos que son muy similares en otras zonas del planeta (Chile, Europa, Suráfrica y Australia). La política de exclusión del fuego adoptada en 1905 por el Forest Service no fue aplicada en California hasta 1924 ya que existía un vigoroso debate entre dos grupos bien diferenciados: los que defendían seguir ejecutando las quemas a finales de primavera tal y como lo hacían los indios nativos siglos atrás, y los que creían que los incendios podrían pararse sin mucha dificultad y la política de exclusión era la solución. Numerosos investigadores comenzaron a estudiar los beneficios del fuego prescrito. En 1919 J.A.Kitts demostró científicamente los beneficios del uso del fuego en lugares adecuados donde el bosque necesitaba una remoción del suelo para escarificar las semillas y promover la regeneración. Por el contrario, la Sociedad Americana de Forestales y el Comité Forestal de California tras varios encuentros entre 1919 y 1920 concluyeron que las quemas eran una práctica destructiva basada en principios falsos de protección y conservación forestal. El único que discrepó en estas reuniones fue B.A. McAllister, de la Compañía Pacífico Sur, que recordó los resultados de Kitts y sobre todo le preocupaba que en el territorio gestionado por él los incendios producían pérdidas de 100.000 dólares anuales de la época. Convencido del éxito de las quemas para gestionar sus montes se ofreció para realizar un test que se llevó a cabo en 1923. Los resultados publicados concluían que las quemas se basaban siempre en tres realidades:



1) Bajo determinadas circunstancias el fuego corría a través del bosque consumiendo acículas y matorral pero nunca árboles vivos en pie
2) La intensidad del fuego depende mucho de la acumulación del combustible sobre el suelo
3) La completa prevención del fuego es imposible.

Los opositores a las quemas tomaron la siguiente posición tras la lectura de estos resultados:

1) Aunque el fuego no dañe a los árboles adultos sí perjudica al regenerado
2) Tras 5 ó 6 años los combustibles muertos se van cayendo de las copas tan rápido como se acumulan y por tanto esta acumulación no llega a ser alarmante
3) Una protección efectiva contra el fuego (vigilancia y extinción) sin utilizar quemas era factible, siendo además éstas menos económicas que la exclusión.

En 1928 la Red River Lumber Company informó al Estado de los tremendos costes que le suponía a la compañía prevenir los incendios sin utilizar las quemas prescritas y el Estado se vio obligado a subvencionar los desbroces. Dos jóvenes forestales, S.B. Show y E.I. Kotok estudiaron de 1923 a 1930 el papel del fuego en los montes de California. Durante sus investigaciones fueron grandes opositores de la política de exclusión pero más tarde llegaron a ser altos cargos del Estado y durante sus administraciones, ni sus subordinados ni ellos, mencionaron ninguno de los beneficios del fuego prescrito que habían demostrado años atrás. Hechos como éste ratificaban la fuerte oposición institucional contra el uso del fuego que venía ejecutándose desde principios de siglo (¿y esto, a quién le suena familiar?).

Durante los años 1940s los ganaderos y ecólogos notaron un aumento del matorral en las zonas tradicionalmente de pastizales, acompañado de una decadencia de la calidad del pasto y de su capacidad para soportar cargas de animales domésticos y salvajes. Como consecuencia de ello la Ley autorizó en 1945 que los propietarios que lo desearan realizaran quemas en sus tierras invadidas por el matorral. Esta política estimuló de nuevo el interés por el uso del fuego. De esta manera, el Departamento Forestal de California (CDF) no participaba en las quemas y sólo intervenía en caso de contingencia, con lo que se eximía de la responsabilidad de la ejecución. Sobre 1955 ya se habían quemado 200.000 acres (80.000 ha.) y a partir de estas fechas la superficie fue decayendo ya que tras 2 ó 3 quemas repetidas periódicamente se controlaba el matorral.

Entre 1947 y 1960 H.H. Biswell estudia las quemas prescritas de matorrales en el entorno del chaparral californiano, obteniendo resultados sobre las técnicas más adecuadas para la ejecución de las quemas y recomendaciones sobre la prescripción, organización y evaluación de la quema. A partir de 1951 estudia las quemas bajo cubierta de Pinus ponderosa. Sus resultados demuestran que estas actuaciones reducen los combustibles y por tanto el riesgo de incendios, o en caso de que se produzca, facilitan la extinción. Con el objetivo de dar a conocer la técnica selvícola y demostrar sus altos beneficios y la facilidad de ejecución, se realizaron unas jornadas educativas en 1952, donde las dudas más comunes de los asistentes eran la preocupación sobre el hecho de quemar bajo copas y la posible contradicción entre el uso del fuego y los aspectos ambientales. Estas cuestiones y sobre todo luchar contra la cultura oficial establecida desde 1905 en los forestales era la tarea más difícil. A mitad de los ´50 los ganaderos y cazadores apoyaban totalmente la medida porque veían un aumento en la calidad y cantidad de la producción de sus respectivas explotaciones, en cambio los forestales seguían plenamente en contra.



A partir de 1962 se reunió un comité para estudiar la vida silvestre de los Parques Nacionales, a la vista de la decadencia de la vegetación en muchas zonas. Los expertos sabían que la restauración de la cubierta vegetal era necesaria pero necesitaban un medio de actuación eficaz. Se concluyó que las quemas eran el medio más natural, económico y factible para recuperar estas zonas a sus estatus primitivo. En 1968 se ejecutó la primera quema bajo Sequoiadendron giganteum en el Kings Canyon National Park y posteriormente en el Yosemite National Park. Con estas experiencias se demostró que la especie es altamente dependiente del fuego y que sin él se convertiría en una especie rara o incluso en peligro de extinción. En el Yosemite National Park se queman 14.000 acres (5.600 hectáreas) al año en ciclos de 13 años.



Vemos entonces que tras 73 años (1905-1978) de política de exclusión del fuego prescrito en EEUU las directrices fijadas desde las instituciones han dado un giro radical. La principal razón de este cambio fue la gran magnitud de los incendios forestales que fueron mucho más agresivos y dañinos precisamente en las zonas de mayor protección. La persistencia en muchos casos de la política de exclusión en determinadas zonas arbustivas, en realidad, es un círculo vicioso en el que el aumento de incendios obliga a invertir más en protección y extinción que, sin embargo, no elimina el problema y por el contrario perpetúa el riesgo. La quema prescrita rompería esta cadena y minimizaría la incidencia de los incendios en estas zonas.

En la actualidad se sigue investigando sobre los efectos ecológicos del fuego prescrito, publicaciones sobre metodología de ejecución de programas de quemas y su evaluación económica, lo que demuestra el interés actual por esta técnica que en muchos países como EEUU está totalmente aceptada y ni siquiera se cuestiona ya su validez, sino que todos los estudios son para profundizar más en la correcta ejecución que consiga la máxima compatibilidad ecológica posible y la mejor rentabilidad económica y de gestión aplicable. Actualmente numerosas publicaciones (Canadian Journal of Forest Research, Forest Ecology and Management, International Journal of Wildland Fire, Forest science, etc) incluyen  artículos sobre la ecología, las técnicas y la evaluación económica de los programas de quemas.


Quemas prescritas en la cuenca mediterránea: el caso de España


Los antecedentes ya comentados en EEUU y los grandes incendios que empezaban a producirse en la cuenca mediterránea como consecuencia del éxodo rural y el desarrollismo de los años 1960s hizo que algunos gestores y científicos miraran con gran preocupación ante un futuro nada alentador. Desde mediados de los 1970s, en numerosas reuniones internacionales sobre los efectos del fuego y la protección contra los incendios forestales, se viene hablando sobre la conveniencia de aplicar esta técnica a los países mediterráneos.

Así en la Consulta Técnica sobre incendios forestales de la región mediterránea, FAO/UNESCO/IUFRO de 1977, el Simposium sobre las consecuencias ambientales del fuego en los ecosistemas mediterráneos también del 1977 o en el Prescribed Burning Tour de 1980, numerosos autores (Wilson, Liacos, Naveh) señalaron la conveniencia de la experimentación en esta materia en los países europeos.

 Desde 1978 los ingenieros e investigadores Pita, González y Vega (Centro de Investigaciones Forestales de Lourizán, Pontevedra) venían trabajando en quemas bajo eucaliptales para control del matorral, hasta que en 1981 se firmó un convenio de colaboración entre el antiguo ICONA y el INIA con objeto de realizar estudios sobre el uso del fuego prescrito. Los primeros resultados fueron apareciendo a partir de esta fecha aplicados a masas forestales de Galicia (eucaliptales y pinares). Era evidente que sólo una experimentación de las técnicas para las condiciones españolas podía tener plena significación, máxime si hablamos de quema bajo arbolado. Con esta premisa se realizaron una serie de fuegos prescritos bajo pinares de Pinus pinaster (1980) y Eucalyptus globulus (1977, 1978). En 1998 tuvo lugar un Taller sobre el empleo de Quemas Prescritas para la Prevención de Incendios Forestales en Lourizán (Pontevedra) organizado por la Sociedad Española de Ciencias Forestales (SECF), en el cual se presentaron las distintas investigaciones y experiencias en el uso de las quemas en países como Portugal, Francia y España. (Se pueden consultar estas experiencias en el buscador de publicaciones de la SECF). Estas experiencias se han seguido realizando por parte de diversos equipos de investigación. Los grandes incendios de los últimos años y la actual crisis económica que dificulta la ejecución de desbroces, de alto coste para los servicios forestales, ha hecho reflexionar a muchos de los profesionales de las CCAA. En la actualidad, aunque en muchos casos tímidamente, las CCAA están apostando por los programas de quemas, en general con objetivos de control de la carga de combustible para prevenir incendios y mejora de pastizales. Todavía queda camino por recorrer para generalizar esta técnica y diversificar objetivos (mejora de hábitat de fauna silvestre, regeneración de arbolado, mejora de pastizales bajo copas, etc.) pero el primer paso ya está dado y parece que en el sector forestal y en el ámbito de la ecología hay consenso para impulsar estos programas.




Paralelamente a este proceso, desde principios de los 1990s, la Comisión Europea financió diversos proyectos de investigación sobre incendios forestales en los que se incluía la quema prescrita como objeto de investigación en sí mismo o como herramienta de experimentación para desarrollar modelos de comportamiento del fuego. Durante el 6º Programa Marco de la UE se financió el proyecto FIREPARADOX, en cuya filosofía se incluía el uso del fuego por sus efectos beneficiosos, tanto en la ejecución de quemas prescritas como en el correcto uso del fuego técnico durante las operaciones de extinción (contrafuegos y quemas de ensanche). Los resultados de este proyecto han impulsado definitivamente la apuesta de la UE por la inclusión del fuego en la gestión forestal, aunque aún existe una inercia similar a la comentada en el caso de EEUU, ya que son precisamente muchos de los profesionales e investigadores de ámbito forestal los que aún no consideran a las quemas prescritas como la mejor opción para gestionar muchos de nuestros ecosistemas. Así por ejemplo en la encuesta FIRESMART realizada entre técnicos y científicos de diferentes países de la UE, se les solicitó que puntuaran de 1 a 10 diferentes técnicas de prevención de incendios y, aunque todas aprobaron con más de 5 puntos y la quema prescrita recibió más de 6 puntos sobre 10, fue significativamente superada por otras técnicas como la apertura de pistas, la ubicación de puntos de agua, los desbroces y en definitiva técnicas directamente relacionadas con el dispositivo de extinción. Por tanto existe aún una inercia a pensar que la prevención se debe centrar en la exclusión del fuego, siendo la quema una técnica aceptada pero no prioritaria.

Alguno de los/as lectores/as de esta entrada habrán podido comprobar las asombrosas similitudes de los procesos llevados a cabo en EEUU y posteriormente en Europa con 50 años de “retraso”. En Europa en esto hemos ido siempre “a remolque” de lo que hemos aprendido de nuestros compañeros del otro lado del charco y de nuestras antípodas (EEUU, Canadá y Australia). Los seres humanos somos los únicos animales que creen “controlar” el fuego, pero también somos los animales que seguimos tropezando con la misma piedra por no aprender un poco de nuestra Historia, por no mirar más allá de nuestro propio ombligo y por no querer cambiar de opinión hasta que las circunstancias nos dejan en evidencia. 




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